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Discurso de la Generación 50: Pedro Braun


¡Así se despiden del Colegio!



Estimado director don Santiago Baraona, estimado Consejo de Dirección, estimado Centro de Padres, estimados profesores, auxiliares y administrativos, queridas familias y muy queridos compañeros y amigos:

Hoy, jueves 9 de noviembre , damos por terminada nuestra etapa escolar. Hoy será la última oportunidad de congregarnos como generación de estudiantes. Pero lejos de sugerir un ánimo melancólico, es una ocasión, una oportunidad de celebrar y hacer memoria de lo que fue nuestro paso por el Colegio Tabancura. Este momento representa, después de todo, el remate de 12 años de convivencia escolar.

Sin embargo, el discurso de generación es mucho más que un compendio de anécdotas. Es una oportunidad para agradecer abiertamente al enorme grupo humano que hizo posible estos años de estudio. Es oportunidad, también, para considerar el desarrollo personal, académico, espiritual, cultural y deportivo de más de cien alumnos. Pero, sobre todo, es una oportunidad de reflexionar, de visualizar lo que significa, verdaderamente, el hecho de que estemos todos hoy reunidos en esta ceremonia. La dificultad de esto reside, además de evitar dormir, con mis palabras, a más de cuatrocientas personas a las nueve de la noche, en determinar los puntos sobre los cuales se cimenta la identidad de nuestra generación. Es decir, escoger con pinzas aquellos elementos que hacen de la generación 2023 algo más que solo cuatro dígitos.

Esta dificultad no es menor. Es más, nunca una hoja en blanco me había parecido tan terrorífica, tan acusadora. El reto radica en que el paso por el colegio de cada uno de nosotros es imposible de abordar en un solo discurso, como también resulta absurdo el querer llenar estas páginas con el contenido de los discursos de años anteriores. Porque cada hoja en blanco, cada camino personal, reclama originalidad. Cada travesía de esta naturaleza, verdaderamente, vale la pena.

En el caso de una hoja en blanco, y como todo en la vida, se comienza por el principio.

Infancia, niñez. Una época que cada uno de nosotros recuerda de manera distinta, pero de la que todos formamos parte. A esto me refiero literalmente: el arsenal de las peleas a palos durante los recreos era tan extenso que fue necesaria la creación de clubes secretos para esconder las armas. De todas formas, y sorprendentemente, nunca nadie salió herido. Bueno; al menos no somos capaces de recordarlo. Durante esta edad forjamos nuestras primeras amistades. Inmaduras, puede ser, pero fundamentales en nuestro desarrollo personal hacia la convivencia como generación.

Ya creciendo, cuando nos movimos de las “pajareras” que hoy solo existen en nuestras memorias, llegamos al segundo y tercer ciclo, etapa que se recuerda de dos maneras diferentes. Por un lado, llegó irremediablemente la “edad del pavo”. Una época convulsa y complicada, donde reinaba la ley de la selva. Una época donde comenzamos a ver y tener contacto con las amenazas de la vida en la sociedad actual: el hedonismo, el individualismo extremo, la banalidad, la promiscuidad y el relativismo. Conductas que chocan, de modo directo, con los valores inculcados por nuestras familias y nuestro colegio. Pero esta edad, por otro lado, fue una etapa que permitió a cada uno comenzar a reflexionar sobre su lugar en el mundo, y su deber como persona, como tabancureño, como católico y como chileno. Esto no salvó, sin embargo, a un par de extintores y ventanas que no sobrevivieron la energía de nuestra generación. Mis compañeros saben muy bien de lo que hablo.

Así llegamos a los últimos años de Media, o “bachillerato”. Aquí se nos entregaron las últimas herramientas y libertades para que cada uno de nosotros pudiera determinar los ápices de su formación, sea en electivos como Cálculo Lineal, Cultura occidental, Seminarios de investigación, Electromagnetismo, Historia del arte o Management and Leadership. De todas formas, es en estos últimos donde hemos sido capaces de mirar hacia atrás y ver nuestro camino por el colegio. Adquirimos conciencia ya, no solo de nosotros mismos, sino del espacio y la gente que nos rodea. Pero, de alguna u otra forma, no salimos hoy del colegio, ya que el Tabancura, queramos o no, nos lo llevamos con nosotros.

Sin embargo, es necesario recordar que este camino no lo hizo cada uno por sí solo: fue en conjunto. Y no me refiero al grupo cercano de amigos, sino a esa multitud que es la generación. Una generación especial: no solo somos la más numerosa en la historia de nuestro colegio, como comentó nuestro director la semana pasada, sino que somos aquella que no tiene problemas en compartir entre sí. Una generación que es capaz de extender la convivencia de la semana a los fines de semana, sin importar el curso o el grupo de amigos. Una generación que no se limita a estudiar y dedicarse a vocaciones que podrían parecer correctas por costumbre o tradición, sino que va más allá y explora la vocación real de cada uno. De esta manera, de nuestra generación egresarán exitosos astrónomos, abogados, ingenieros civiles y comerciales, literatos, agrónomos, médicos, filósofos, psicólogos, artistas, periodistas, arquitectos y cientistas políticos que, esperamos, aportarán al país con valores y principios. Una generación que trató sacar lo mejor de sí estando inserta en todas las ramas del colegio.

En el deporte, donde las selecciones de fútbol, de rugby, de basquetbol y atletismo daban muestra, cada fin de semana, de la constancia y determinación por dejar al colegio en lo más alto. Pero también en educación física, donde el Grupo A siempre daba el mayor ejemplo de disciplina deportiva, a la vez que el Grupo D daba cátedra en la virtud de la persistencia, cuando insistía(mos) en correr el Cooper y el 1500 con obstáculos en polar, buzo y, en vez de zapatillas, zapatos.

Insertos en la cultura y el arte, donde decenas de alumnos pasaban las tardes repartidos por el tercer piso, sea preparando los debates del fin de semana o repasando el guión para las obras de teatro. Para qué hablar del profundo interés artístico de muchos compañeros, que dejan muestra de sus trabajos en el taller de arte y por los espacios de todo el colegio.

E insertos en la música, donde más compañeros participaron en el coro, el ensamble de jazz y la orquesta, dando muestras de su trabajo en conciertos y giras, que no solo recordamos por las presentaciones, sino también por las risas tras de bambalinas y la sensación de compañerismo.

Todo eso nos ha entregado el colegio, y es hora de que nosotros llevemos nuestra experiencia, recuerdos, aprendizajes, amistades y valores al mundo de hoy. Un mundo que plantea una serie de dificultades, que lejos de desconocerlas, tenemos el deber, como cristianos, de enfrentarlas con las herramientas que nos entregaron.

De esta manera, la hoja que en su momento fue blanca, está hoy repleta de contenido y sentido. Sería un desperdicio, entonces, guardar esta página en un cajón y simular un nuevo inicio. El llamado, en realidad, es dar paso a una nueva etapa, a un segundo capítulo que sea congruente con el primero, de forma que algún día podamos apreciar la obra completa que son nuestras vidas.

Ya llegando al final, me gustaría agradecer. No solo a mis compañeros, que me dieron la oportunidad y el honor de redactar el discurso que hoy leo, sino que a todas las personas que hicieron posible cuanto he mencionado anteriormente: Profesores, administrativos, auxiliares, funcionarios, tutores, contribuyentes, familiares, conocidos y muy preciados amigos. Agradecer a aquellos que están hoy sentados entre nosotros, y aquellos que, por razones desconocidas, dejaron nuestro mundo y nos acompañan desde el Cielo.

Agradecer a las generaciones de alumnos y padres que hicieron posible la existencia de este colegio, afrontando con fortaleza y esperanza las dificultades que existían en la fecha en que se ideó el Tabancura. Pero, sobre todo, agradecer a Dios, que nos dio la vida que hoy esperamos llevar adelante como egresados del Colegio Tabancura.

Gracias totales.

Pedro Braun 9-11-2023

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