Palabras del Director, Santiago Baraona

Revisa el Discurso de Graduación Generación 2021

11 de Noviembre de 2021

Queridos alumnos, queridos papás y familiares de los que hoy se gradúan, queridos profesores del Colegio Tabancura. Señoras y señores.

Son muchos los que sostienen que estamos experimentando un cambio de ciclo o de época. Es bastante claro en lo político, en lo sociológico, en lo moral y en lo climático. Egresar del colegio en circunstancias como las actuales, supone a mi juicio, un tremendo desafío. Junto a las normales incertidumbres que se abren al terminar los años escolares -¿es la carrera y la universidad adecuada?, ¿me irá bien?, ¿me integraré en el nuevo ambiente? ¿conoceré pronto a la mujer de mi vida?-, se suman las que se viven a nivel de país y en general del mundo. Digámoslo abiertamente: entre muchos de nuestros conocidos abunda el pesimismo y el horizonte se ve más bien gris oscuro. Los cambios pueden ser para mejor, no es este el lugar para discutirlo, pero la historia nos muestra que no todo lo que parece progreso en realidad lo es. Después de todo el hombre es libre, y cada generación tiene la responsabilidad de construir el presente y el futuro. El futuro de Chile y el de cada uno de ustedes, queridos alumnos que hoy egresan, depende de nuestros esfuerzos colectivos, pero también, y quizá principalmente, de nuestras decisiones personales. Es acertado lo que dice el siempre polémico sicólogo clínico y crítico cultural Jordan Peterson: “ordena tu propio cuarto antes de criticar lo que sucede fuera de él”.

La vida plena y feliz es el resultado de un sinnúmero de buenas decisiones, que se toman desde la más tierna infancia y que van ganando en peso e influencia a medida que uno crece y se hace adulto. A los 18 años podemos decir que una persona es adulta. Al menos debería serlo. Después de todo, la salida del colegio y el comienzo de los estudios superiores tiene algo de rito iniciático. El período existencial que se abre a los que hoy se gradúan es fundamental y se debe vivir con toda la responsabilidad que merece. Es el momento en que realmente se pone a prueba la educación que, en primer lugar los padres, y secundariamente el colegio, hemos procurado darles en estos 14 años. Ser libres, ese es el desafío. Ser verdaderamente libres.

Pensar que los años que transcurren desde la salida del colegio hasta los primeros años de vida profesional (cada vez más extensos) son un paréntesis en el que se puede vivir sin la responsabilidad de mantener una familia o emancipados en buena parte de los padres, de la familia y de la fe, es un peligroso espejismo. Como si el matrimonio, la familia y la fe fueran una red que aprisiona e impide ser felices. Es verdad que los vínculos reclaman responsabilidad e imponen limitaciones. Pero ellos son al mismo tiempo las condiciones de existencia de la libertad y la encauzan y la vuelven fecunda.

En este último mensaje, el colegio los invita a estar atentos a los cantos de sirena de la cultura individualista que cada vez permea con más profundidad las instituciones y las costumbres, y a la vez parece prometer todo -la piedra filosofal- y que a la larga no deja nada. Es irónico y a la vez paradójico: cuando más cerca parece la emancipación, más ataduras y nudos ciegos se cruzan en el camino.

Para ser libres el entonces Cardenal Ratzinger exhortó a decir que no a la “dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja sólo como medida última al propio yo y sus apetencias" (J. Ratzinger, Missa pro eligiendo Pontifice, 2005).

Hay que decir ¡no! al egoísmo de pensar y vivir para uno mismo. No somos el centro del universo. La excesiva preocupación por el qué dirán, por la apariencia física, por el éxito profesional, social o deportivo, es una trampa mortal, que nos lleva inadvertidamente a vivir en una red de mentiras. Cuando el narcisismo es moneda corriente, nadie se atreve a mostrarse tal como es, por el temor al rechazo de lo que la masa líquida y anónima ha determinado como lo correcto. Así, la propia libertad queda sepultada en las capas que teje la vanidad y la inseguridad personal. Los demás empiezan a ver en nosotros una máscara que oculta nuestro verdadero rostro. Nuestra identidad se diluye. Nos absorbe la masa anónima. La originalidad de cada uno se pierde.

Hay que decir ¡no! a las adicciones. En la opinión pública se ha ido instalando contra toda evidencia, la percepción de que los juegos on line, la droga, el exceso de alcohol, el sexo sin compromiso y la pornografía son inocuas y un agradable pasatiempo. La realidad es, sin embargo, muy distinta. Cuantas vidas fracturadas si no destruidas, cuanto amor quebrantado, cuanto talento desperdiciado, cuantos barrios y territorios tomados por el narcotráfico, cuanta soledad y desesperanza, y todo por culpa de las adicciones. Estas cosas no ocurren en lugares y ambiente ajenos a los habituales nuestros. Están omnipresentes en las calles, en los teléfonos, en los patios universitarios, en los lugares de vacaciones, en los estadios. Las adicciones destruyen la libertad y pueden reducirnos a penosas esclavitudes.

Hay que decir ¡no! al materialismo y a la avaricia. “Ay de vosotros los ricos…”. Pienso que a veces podemos subestimar la seriedad de esta advertencia evangélica. Cuando se vive en un ambiente más cómodo, donde falta poco o nada, es difícil acertar para llevar una vida sobria. Es que las riquezas son atractivas. Sí, son atractivas, pero también esclavizan y paralizan el corazón. El corazón dominado por el afán de tener y poseer se encoge, se congela y se enceguece. Las relaciones con los demás se deterioran. Lo trascendente se hace demasiado abstracto y poco práctico. En vez de libertad, el materialista encuentra una inquietud permanente y mucha soledad.

El panorama que he descrito puede parecer sombrío, pero no lo es. Lo sería si no estuviera abierto a la esperanza.

¿Por qué podemos estar optimistas, condición sine qua non para educar?

Porque después de todo el futuro sigue estando en nuestras manos. Siempre tenemos la capacidad de cambiar y de transformarnos. Contrario a lo que afirma el existencialismo ateo, nuestra vida no es una pasión inútil, no es un proyecto fallido. Cada uno es responsable de dar sentido hasta la acción más intrascendente, como poner orden en la propia habitación. Una partícula de amor es capaz de transformar el mundo.

Podemos ser optimistas porque hemos recibido buenos ejemplos y testimonios. Pensemos en los esfuerzos de nuestros abuelos y padres por formar matrimonios y familias que reflejan el proyecto originario de Dios para el hombre y la mujer. Sabemos que no han sido familias perfectas -que no existen- pero con sus luchas diarias y con su amor fiel, son una luz de esperanza. La familia cristiana es una ciudad amurallada, un espacio de libertad y alegría. Tiene razón Chesterton cuando escribe: “El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia.”

Podemos ser optimistas porque tenemos amigos. Es una gran alegría saber que los amigos que se han hecho en el Tabancura suelen conservarse para toda la vida. El testimonio de los ex alumnos es elocuente y contundente. Una amistad sana, abierta y generosa es una escuela de virtud, pero no podemos perder de vista que como todo amor humano, tiene una cierta ambivalencia: “hace mejores a los hombres buenos y peores a los malos” (cf. CS Lewis, Los cuatro amores).

Podemos ser optimistas porque Dios no ha muerto, aunque sean muchos los que creen que todo funciona igualmente sin Él y viven como si no existiera. No, está vivo y el poder de su gracia sigue siendo eficaz, a pesar de las debilidades de nosotros los católicos, que tan evidentes se han hecho en los últimos años. Sólo con una relación viva y filial con Dios podremos llegar a libertad amplia y generosa que todos deseamos.

Queridos alumnos que hoy se gradúan. El Colegio Tabancura quiere verlos como hombres de bien, auténticamente libres, que toman buenas decisiones y que saben dar sentido a la más intrascendente de las acciones.

Muchas gracias.