PRIMER DIRECTOR DEL COLEGIO

En memoria de Juan Cox Huneeus (1932-2021)

18 de Noviembre de 2021

Fue un almuerzo que costó organizar. Finalmente lo concretamos para el 27 de octubre pasado. Quería volver a recorrer el colegio y los edificios que se usaron cuando empezó el Tabancura. “Fue nuestra cara institucional cuando partimos”, comentó sobre el pabellón de dos pisos que fue demolido una semana después de su visita. Durante el almuerzo hizo recuerdos de profesores y alumnos. Comió con buen apetito. A ratos su memoria lo engañaba con los detalles, pero la conversación fluyó con cierta soltura. “¿Cuántos años tiene don Juan? ¿90? - No, mijo. 89”, corrigió con rapidez. Después del almuerzo pidió visitar las antiguas salas de clases. El trayecto es largo y sinuoso por las obras de la nueva biblioteca. Gracias a la ayuda de don Christian Painemal, el TENS del colegio, y de una silla de ruedas, llegamos a las salas del 3ºA y 3ºB, ubicadas en el legendario pabellón. Una vez que lo presentamos los alumnos emocionados lo aplaudieron, quizá intuyendo que en ese anciano que no conocían, se condensaban los 50 años del Tabancura y los rasgos principales de su espíritu. Fue un aplauso espontáneo. A don Juan se le veía sonriente, a pesar de la mascarilla. Una foto inmortalizó el momento. Don Juan volvió a su casa contento y agradecido.

Don Juan llegó al Tabancura el 1 de junio de 1969. Una decisión valiente: por las circunstancias del país; porque era un proyecto novedoso; porque ni él ni el grupo promotor habían estado vinculados a la educación; porque estaba literalmente todo por hacer. Participó con espíritu infatigable en la búsqueda de los terrenos, en la contratación de los primeros profesores, en el seguimiento de las primeras obras de construcción, en la inscripción de los alumnos (278 alumnos entre kinder y 8º básico), y lo que es más importante, en la tarea de llevar a la práctica pedagógica el espíritu que había aprendido directamente de San Josemaría durante los años que vivió en Roma y en los medios de formación que había recibido desde que pidiera la admisión en el Opus Dei a principio de la década del 50.

La persona que empieza algo es muy importante. Marca la pauta y el rumbo. Estas fueron las primeras orientaciones que dio el nuevo director a un grupo de padres del Tabancura  en 1969:

  • Contacto directo y personal entre profesores y alumnos. El profesor jefe o preceptor deberá charlar periódicamente con cada uno de los alumnos que tenga encomendados.
  • Los apoderados recibirán información periódica de la marcha de sus pupilos a través de una entrevista personal trimestral con el profesor jefe y mediante reuniones por cursos.
  • La mayor parte de los profesores será de dedicación exclusiva.
  • El programa de inglés será intensivo.
  • Todos los alumnos almorzarán en el colegio.
  • La hora de salida del colegio será alrededor de las 15 horas.
  • La educación física y el deporte tendrán destacada importancia, así como las actividades extraprogramáticas.

No puede uno más que quedarse sorprendido y agradecido por la claridad y la profundidad de la huella que dejó. Quien conozca el colegio se dará cuenta de que esta hoja de ruta forma parte esencial de la identidad actual del Tabancura.

Hace una semana un ex alumno, a propósito de la graduación de su hijo, me hizo una gran síntesis del talante de don Juan. Vivía la cotidianidad del colegio, conocía a sus alumnos, era cariñoso. Y también ingenioso, original y de buen humor.

Vivía la cotidianeidad del colegio porque se paseaba por los patios, conocía personalmente a los profesores, asistía  a los campeonatos y a las barras.

Conocía a sus alumnos. ¿Cómo? De una manera muy simple: interesándose por ellos, por sus familias, por sus vidas. Dentro de lo que cabe entre un profesor y un alumno, tenía amistad con ellos. A juzgar por los testimonios que nos llegan de los ex alumnos, quizá tenía una debilidad especial por los tenistas, con quienes jugaba incluso en horarios de clases.

Originalidad y buen humor. Así lo retrata una profesora de la primera hora: “Juan era original y muy entretenido (…). Era una persona estimulante y muy cariñosa con los niños y con los profesores”. Otra testimonia: “era una simpatía”. En la memoria de los 50 años de Seduc se recoge la siguiente anécdota: “Un día, Juan Cox, que tenía un sentido del humor increíble, nos dijo que estaba tan agradecido por nuestro trabajo, que en señal de reconocimiento les había puesto nuestros nombres a las guardianas del colegio. Así, “Nena” (por María Elena “Nena” Reyes) y “Gaby” (por Gabriela Mönckeberg), dos mastines de raza desconocida, se convirtieron en las mascotas del Colegio Tabancura”.

Es que no se puede educar sin alegría y buen humor. Pero sobre todo, para educar, es preciso tener un profundo sentido de la libertad. Educar es enseñar a ser libres. Y don Juan era una persona libre, con la libertad de quien se sabe hijo de Dios, como aprendió del fundador del Opus Dei.

Pocos días después de su última visita al colegio, Dios lo llamó a su presencia. Hoy rezamos por su alma y nos encomendamos a su intercesión, seguros de que Dios da el ciento por uno a quienes dejan a los niños ir a Él.

 

Santiago Baraona G.

Director Colegio Tabancura