En conmemoración de los 50 años del Colegio

Editorial de don Roberto Pérez: "Mis recuerdos"

25 de Junio de 2021

Recuerdo que soportaba el calor de octubre del año 1995. Me encontraba haciendo clases en un colegio en Maipú.  La inspectora general interrumpió la clase para decirme que tenía un llamado telefónico y que dado la entonación del hablante -sabría ya luego qué significaba eso de la entonación- sería “conveniente” que fuera a responder la llamada. Para mi sorpresa, ella se quedó con el curso. Llegué al teléfono fijo en la secretaría. El celular accesible y funcional era ciencia ficción aún. Saludé y al otro lado un amable y paciente Aníbal Pizarro me contestó. 

La única experiencia que tenía para ofrecer, al momento de presentarme a las entrevistas era, además del colegio antes referido, el curso que impartía en la Universidad Bernardo O´Higgins, la cátedra de “Fundamentos Filosóficos del Derecho”.  Ahí trataba los fundamentos de la filosofía tradicional cristiana. Santo Tomás de Aquino para ser muy claro. 

"El mayor desafío ha sido convertir la asignatura de debate en una parte del proyecto total del colegio: formar alumnos que sean ciudadanos cristianos, conscientes, solidarios y constructivos, capaces de hablar con otros dentro de un marco de diversidad en las que deben vivir"

Me integré con el resto de los profesores durante las jornadas iniciales de febrero del 96. En esos días noté las primeras diferencias respecto a mi “estado” anterior. Mientras yo comía felizmente lo que consideré un agradable almuerzo servido en el patio, bajo los árboles, escuché como algunos profesores se quejaban porque era envasado, no muy bueno, y porque no estaba hecho por las señoras a cargo de doña Rosa María. Quien se sentó a mi lado, uno de los descontentos, me miraba sorprendido por mi evidente complacencia.  Comenté estas observaciones a Jorge Steinbrügge. Él sonrió y me dio la bienvenida “al jet set de los profesores… patrón” esto acompañando esto de una risotada muy propia de él. En su estilo me dijo que no era importante.

A poco andar descubrí el buen trato dado a los profesores, los niveles académicos que se manejaban en las salas, el papel de la filosofía en el total del currículo, y -quizá lo más agradable hasta ahora- el sentido de humor de los estudiantes. No pasó mucho tiempo para iniciar actividades extras. A los dos o tres años estábamos participando en concursos de ensayo y había participado en los trabajos de verano en Rio Puelo junto con Aníbal Pizarro y Jorge Steinbrügge. A los siete años entramos en los debates.

"Jorge Steinbrügge me dio la bienvenida “al jet set de los profesores… patrón” con una risotada muy propia de él"

Los trabajos en Rio Puelo fueron una grata experiencia. Dos años trabajé allá con el equipo. Recuerdo que el segundo año falló un cargamento de madera creo, lo que dejó a un número de alumnos sin actividad por uno o dos días. Aburridos, fabricaron unos remedos de palos de golf, celulares de madera, pantalones dentro de sus calcetines, astas con sus banderas, áreas de juego y los más entretenidos diálogos sobre los golpes, los negocios cerrados por sus celulares con la entonación debida, órdenes al caddie (otro alumno), etc. Ese estilo de humor es al que me refiero. Un estilo creativo, ingenioso e inteligente. Junto con debates interesantes en la sala, han hecho de mi estadía algo mayormente agradable.

Los ensayos competitivos duraron solo un año. Los debates resultaron ser muy distintos. Los torneos habían sido para mi una mala experiencia. En la universidad dirigí un equipo con paupérrimos resultados, efecto, sin duda, de mi baja capacidad (calidad) para dirigir alumnos debatientes. Aprendí algo a fuerza de cometer muchos errores. Pero cuando supe que algunos muy buenos alumnos del colegio, ya en la universidad, tenían problemas al debatir sobre asuntos que les importaban decidí volver a mi papel de capitán de debates. Sabía que no era un problema de cultura o inteligencia, sino falta del arte retórico al decir de Aristóteles. Tenía que dar el ancho y, por suerte, en esos tiempos el ancho era mi característica más visible.

Los diversos torneos en que participamos -salvo aquellos en que se privilegia el debate crítico- me convencieron que había ciertos problemas asociados a posturas, sesgos y habilidades que impedían una comunicación eficiente de los valores e ideas. Esto me pareció relevante para la formación de un cristiano que debe colaborar con la promoción del bien común y con su deber de evangelizar en un mundo donde el relativismo y el secularismo han adquirido un carácter militante. Esto, evidentemente, afectó incluso el modo en que se entregaba la asignatura. La consecuencia fue que Filosofía, el ramo, sufrió varios cambios durante estas décadas. 

Sin duda el mayor desafío ha sido convertir la asignatura en una parte del proyecto total del colegio: formar alumnos que sean ciudadanos cristianos, conscientes, solidarios y constructivos, capaces de hablar con otros dentro de un marco de diversidad en las que deben vivir. Todo esto hay que hacerlo sin traicionar los valores de la tradición y sin quedar atrapados en un fijismo histórico que los deje fuera de su tiempo y su lugar. A ratos, confieso, hacer esto me pone un poco nervioso. Pero finalmente parece -supongo con cierta ingenuidad- que las cosas resultan y progresan. Los debates se establecieron para quedarse. Los concursos de ensayo no han seguido, pero el artículo se ha tomado la asignatura. El mismo desarrollo de los temas estudiados se han centrado en la tradición y en la preparación para salir a conversar.  Algunos estudiantes han decidido dedicarse a esta vieja, noble e inmortal actividad intelectual. Sin duda serán un aporte en su madurez.

"Cuando supe que algunos muy buenos alumnos del colegio, ya en la universidad, tenían problemas al debatir sobre asuntos que les importaban decidí volver a mi papel de capitán de debates"

¿Qué ha significado todo esto en mi vida como profesor?  Toda esta actividad ha consumido dos décadas y media. En unos pocos años más habré llegado a un punto -si no hay accidentes intermedios- donde la mitad de mi vida estará unida a este colegio.  No creo que eso sea garantía de nada ni espero nada de ese día, si llega.  Pero tendré una buena razón tomar una copa de vino y recordar algunos momentos. Eso es ya interesante. Recordaré seguramente esa conversación con Jorge, el día anterior a mi primer encuentro con los alumnos. Paradójicamente ese diálogo no me parece distante, aunque haya pasado hace mucho tiempo. La experiencia ha confirmado que lo que me dijo es verdad, que no ha resultado importante cada evento en sí, nada parece serlo cuando uno lo focaliza de ese modo. Pero no por ello la suma continua de eventos dejaron de constituir un lugar, un tiempo y un grupo de personas relevantes en esta breve historia.