Después de varias semanas sin clases presenciales

Profesor Germán Reyes y su reflexión: "Cincuenta años en cuarentena"

08 de Mayo de 2020

“Cincuenta años en Cuarentena” fue el nombre que le dio uno de nuestros alumnos a la futura Revista Literaria. Estábamos reunidos -virtualmente claro- con el curso del Taller Literario de IV Medio, precisamente para nombrar la futura revista y para dar las primeras indicaciones de cómo subir los trabajos a un archivo compartido y de cómo debía ser la Introducción de la misma. Estábamos conversando, dando ideas, hacíamos bromas. Les hablaba de lo buenos que eran sus trabajos: unas espléndidas crónicas de cuarentena (ya leerán eso). Pero había una diferencia que -según McLuhan y la propia experiencia- es muy significativa: estábamos conversando a través de una pantalla. En realidad yo estaba en un rincón de mi dormitorio mientras mis hijas estaban en los suyos con sus propias clases y trabajos, mi mujer intentando mantener todo a flote y en silencio. Nuestros alumnos estaban en sus casas. Alcanzo a ver cómo una de las mamás le pide algo a su hijo, seguramente un encargo (a los tabancureños siempre les encargan cosas y eso está muy bien), otra se asoma por la puerta del fondo y me siento un indiscreto espectador de “Las Meninas” de Velázquez…
 
Estábamos en clases, pero la casa seguía siendo la casa. Yo les abría la ventana hacia un lugar donde nadie fuera de mi círculo más íntimo entra, un lugar que los alumnos no suelen visitar, salvo cuando van a ver a un profesor muy querido o enfermo. Antes, ellos me habían abierto la puerta de sus propias casas mediante la escritura y me había enterado de lo difícil que fue y es para muchos este período, de los nervios, de la sensación de cansancio, de los trastornos de sueño, de los cambios anímicos, de las peleas con hermanos, de las gloriosas pérdidas de tiempo, de cómo el césped de una casa lo estaban dejando como el pasto de Wimbledon, de un alumno que juntaba lunes como quien junta colillas de cigarros, de cómo otro se sentía muy bien en la cuarentena porque le acomodaba la soledad y de cómo resentían el “esmero” con que los profesores les prodigaban trabajos por doquier. Leía esas crónicas en esas semanas de “vacaciones” y fueron una de mis mejores lecturas del último tiempo. De algún modo extraño, los alumnos seguían muy presentes en esta ausencia forzada. Como en las fotografías, la imagen de alguien es primeramente la marca de una ausencia y la ausencia se siente más porque siempre es una especie de herida.

Tanta confianza de nuestros alumnos de abrir las puertas de sus casas, sin duda está a la par de la confianza de los profesores para abrir las propias. Me imagino que esta confianza es muy tabancureña y no la veo así de marcada en otras instituciones. Seguimos siendo Colegio, aunque no se haga todo lo del colegio, que no se puede… estamos en la casa. En algunos rostros de nuestros alumnos se notaba agobio, algunos no habían almorzado y estaban ahí, a pesar del hambre adolescente (eran las 2 de la tarde), uno de ellos iba a buscar su almuerzo para poder seguir. Seguramente ellos notaban también el agobio de su profesor: lo de las 40 horas semanales de Parra nunca fue más cierto para algunos de nosotros. Pero tanto alumnos como profesores nos hacíamos los lesos. Los hombres somos buenos para hacernos los lesos cuando entendemos que estamos haciendo un esfuerzo importante.

La educación es presencia, qué duda cabe. La fría pantalla no la reemplazará. Lo sabemos. Una guía no es una clase. Pero algo se aprende de estas situaciones. La cercanía e identidad de lo que somos como comunidad crece con la marca de esta ausencia física, de realidad. Es cierto, los alumnos están en sus casas, pero los profesores estamos acá, detrás de las pantallas que no podemos ni debemos apagar. El espacio físico del colegio ha pasado a segundo plano por un instante, pero con 50 años eso se puede hacer sin morir en el intento. Seguimos siendo más Tabancura que antes, sorteando la peste, el miedo y la incertidumbre. 

La pantalla trajo algo positivo más allá de mantener una presencia sucedánea: obliga a sentir la dimensión espiritual de una institución. La tecnología ha permitido que, literalmente, nos podamos sostener en lo invisible. Y sí, ahora nuestros alumnos vienen a nuestras casas, el lugar de nuestra intimidad siempre tan expuesta, el lugar que no visitan - a menos que seamos muy queridos o estemos muy enfermos-, el lugar en que formamos una familia y criamos a nuestros propios hijos.

Escrito por el profesor del Colegio Tabancura, don Germán Reyes.