¡Aquí las palabras del profesor!

Bernardo Lizarazu: "Mi testimonio en estos 50 años"

20 de Julio de 2020

Este año estamos de fiesta, cumplimos cinco décadas de existencia  y  en época de pandemia, que nos ha arrebatado el contacto presencial, clase a clase, con aquellos que le dan sentido a nuestro quehacer y vocación: los alumnos.  Sin embargo, pese a la anormalidad de los últimos meses, hemos descubierto otra forma de mantenernos en contacto con ellos y, de paso, hacer un  ingreso en sus hogares, encontrándonos con una inesperada calidez y acogida. 

Ya me lo recalcaba, a fines de los ochenta José Manuel Guzmán- querido compañero de trabajo y amigo que hace poco emprendió el  viaje más trascendente de la vida y, seguramente, ya se encuentra, intercediendo por su tan querido colegio-: “maestro, los alumnos   fuera del colegio son muy amables y cariñosos. No tenga miedo de ir de viaje de estudios con ellos”. A medida que pasaron los años, comprobé in situ, la validez de su comentario.

Los quiero invitar a hacer un recorrido con mis recuerdos, en estos años de crecimiento de nuestro Tabancura, en donde siempre se nos ayuda a viajar, en donde se nos va formando, orientando y preparando para cuando se salga al mundo del estudio universitario, familia y trabajo. 

Por cierto, a todos nos ayuda el colegio con su espíritu y proyecto, de manera que cuando un alumno egresa, sale convencido y tal vez con razón, haber llegado a la verdad de la vida y de la filosofía humana, y terminar concluyendo que la única cosa que la verdad puede ver desde el fondo de su pozo, es el cielo. Es la semilla que ha sido sembrada en los corazones de generaciones de tabancureños, a lo largo de estos diez lustros que conmemoramos.

He sido testigo de un 70 % de la vida de nuestra querida institución. Llegué en 1985, casi sin experiencia laboral, a un mundo desconocido, nuevo y fue en las salas del “barracón” tabancureño donde aprendí-lo sigo haciendo-a enseñar, corregir, motivar y entusiasmar con la enseñanza de la historia. Conocí y sigo conociendo, personas de trato respetuoso, sencillas y amantes de la  “maestra de la vida”, como decía un romano ilustre.

Es un poco difícil figurarse hoy lo que era, hace 35 años, llegar a un colegio-familia, de dos cursos por nivel y no más de 40 ó 50 profesores. Además, actualmente,  el Tabancura no tiene ya los mismos alrededores; la vida que podría llamarse circumtabancureña ha cambiado bastante: donde estaba un solitario cerro está hoy la compañía de una carretera; donde habían residencias están hoy negocios y una clínica. Nuestro colegio era un lugar apartado del centro de Santiago, costaba llegar en la mañana y en la tarde casi no pasaban colectivos y costaba el desplazamiento.

"Cuando un alumno egresa, sale convencido y tal vez con razón, haber llegado a la verdad de la vida y de la filosofía humana"

Poco a poco me fui insertando en el día a día del colegio, poco a poco empecé a enseñar lo que no sabía y que con los años he ido aprendiendo. Y me embarqué en una de las naves de nuestro emblema. Comencé, con aciertos y errores, a viajar por la historia del mundo-muy poco de la nuestra-junto a variados grupos de alumnos. A medida que pasaban los meses fui constatando algo que caracteriza al alumno del Tabancura: gusto y pasión por la historia. Pensé en Paul Valéry: “la historia atormenta al hombre en su reposo”. No quedaban impávidos por mis relatos, participaban e incluso aportaban conocimientos y experiencias de sus viajes. Entonces descubrí algo esencial al enseñar: sólo se enseña bien lo que se sabe bien. Esa es la razón de no pocas clases mediocres hechas: fueron mal preparadas o hablaba de lo que apenas conocía por nombre. Me acuerdo año a año lo que recordó  don Juan de Dios Vial -también, lamentablemente,  nos dejó hace poco- en mi ceremonia de titulación “hay que enseñar poco, pero ese poco hay que enseñarlo bien”

Toda la década del ochenta fue muy intensa. Clases mejores, alumnos trabajadores y estudiosos. Mi primera jefatura-cuántos recuerdos imborrables-: Nico,  Sebastián, Gregorio,  Roberto, Álvaro, Patricio, Rafael, Agustín, Felipe, Rodrigo, Cristóbal… y  TODOS. Ellos me enseñaron muchas cosas con su trato y me transmitieron una segunda característica tabancureña: sencillez y alegría sana. En los últimos años me ha tocado-este también-ser profesor jefe de sus hijos: un privilegio y una forma de hacer con el hijo lo que no supe hacer con el padre. Hablé de privilegio, ya que  esa es la primera palabra, que se viene a la mente, cuando me preguntan, lo que ha significado todo este tiempo dedicado a tratar de traspasar los conocimientos de la asignatura que imparto en las, actualmente,  salas modernas del  colegio. 

A partir de la década del noventa y sobre todo con el cambio de siglo, el colegio salió de su adolescencia y comenzó  a mostrar claros signos de madurez, manifestados en una mayor cercanía con el alumnado, en apoyar con estrategias pedagógicas específicas a aquellos que les costaba más mantener el ritmo de estudio del colegio. Se abrió un mundo de actividades extracurriculares que incluyeron a alumnos con otros intereses: apareció el mundo de las academias y pudimos encantarnos con tantas habilidades que también tenían nuestros alumnos, que hasta el momento no habían tenido el espacio para desarrollarse.

"Fue en las salas del “barracón” tabancureño donde aprendí-lo sigo haciendo-a enseñar, corregir, motivar y entusiasmar con la enseñanza de la historia"

Vino el auge del mundo comunicacional, televisión por cable y  teléfonos celulares atrapantes que cuesta mantener a raya. Sin embargo nuestros alumnos, al menos la gran mayoría, se muestran inasequibles al “canto de sirenas” de la modernidad e igual, en clases, se logran olvidar de las trivialidades de las redes sociales y me acompañan a viajar junto a Godofredo de Bouillón en la Primera Cruzada o recorremos juntos el periplo del archiduque Francisco Fernando hasta Sarajevo, donde lo espera su trágico fin.  Entonces aparece una tercera característica, siempre latente, en los ambientes de clases tabancureñas: actitud culta ante la asignatura. 

Actitud culta ante la asignatura. Se lo escuché y leí a un querido jefe de estudios de la década de los ochenta: Jorge Peña. Corresponde que haga justo recuerdo de algunos,  no pocos, de los que ayudaron a cimentar un colegio con bases sólidas y sin grietas. Habló de los que me tocó conocer y pienso que le dieron un decisivo impulso  a este colegio que por los ochenta, apenas era conocido. Diego Ibáñez, con su ponderación y paciencia; Jorge Peña, con su talante de catedrático y a la vez formador; Rodolfo González, infatigable en lo que emprendía con dedicación plena a transformar el Tabancura en el TABANCURA.

"Dentro de estas incompletas reflexiones sobre lo que he visto en 35 de los 50 años de existencia del colegio, quisiera hablar de mis pares de este período. La mayoría ya no están trabajando. Unos pocos han fallecido, pero sus recuerdos son imperecederos. Cuando llegué al colegio estaba recién salido de la universidad y acá me encontré con notables maestros"

Ahora bien, las circunstancias que nos están tocando vivir, han demostrado con diafanidad, que sin  padres pendientes, el trabajo de los profesores se hace muy difícil. Por supuesto que es igual en el sentido contrario: sin la asistencia a clases, sin el salir de casa e ir al colegio, cuesta tomar un ritmo de estudio y encantarse con lo que se está aprendiendo. Esto último es un atributo de pocos, que pese a no tener clases presenciales, se vinculan con los quehaceres estudiantiles y sostenidos por una alta autonomía, llevan adelante su agenda de obligaciones escolares. Hay Tabancureños excepcionales.

 Finalmente, dentro de estas incompletas reflexiones sobre lo que he visto en 35 de los 50 años de existencia del colegio, quisiera hablar de mis pares de este período. La mayoría ya no están trabajando. Unos pocos han fallecido, pero sus recuerdos son imperecederos. Cuando llegué al colegio estaba recién salido de la universidad y acá me encontré con notables maestros. De aquellos que sólo había conocido en mi etapa escolar en el INBA, de antaño. Un ambientazo de cordialidad, trabajo, responsabilidad y profesionalismo. Me ayudaron mucho, desde distintas áreas.

Llego a un cuarto aspecto a destacar, pero ya no del tabancureño , sino del ambiente: una selección de profesores de mucha idoneidad donde se destaca lo más importante: querer a los niños y buscar su bien. Lo anterior implica exigencia y no entablar  amistad con la mediocridad. A ellos mi homenaje, simbolizándolo en uno de ellos, que además de apoyarme me entregó su sincera amistad y que formó a muchas generaciones: Cristián Larraguibel, todo un emblema de la enseñanza tabancureña. Salvo un profesor recién incorporado al departamento este año, todos hemos sido también en parte moldeados  con su ejemplo, con su particular modo de enseñar sin enseñar.

¡Gracias y un abrazo a toda la familia tabancureña!

Escrito por: Profesor Bernardo Lizarazu